martes, 29 de noviembre de 2011

Crítica: Un dios salvaje


Un dios salvaje: 8(****)
Polanski vuelve a la acción más vertiginosa de sus relatos, con esta delirante comedia negra. Durante sus meses de reclusión, el maestro Polanski, atavió y destripó en el mejor sentido de la palabra la obra teatral de Yasmina Reza, para convertirla en un cuento histriónico, arrasante y provocador. Una parodia acerca de lo políticamente correcto, de las situaciónes hipotéticas que pueden desencadenarse cuando alguien cuestiona los principios que una persona tiene muy asentados y muy presentes en su día a día. Toda una llamada a la naturaleza más institiva del ser humano, a la lucha por la supervivencia que estos cuatro individuos emprenden, utilizando como mera excusa un conflicto infantil. "Un dios salvaje" puede invitar a muchas reflexiones y análisis acerca de la naturaleza humana, su actitud social y su capacidad de raciocinio, pero lo que sobre todo deja en bandeja el film es una crónica visión del ser humano en su etapa más floreciente, por su sinceridad, pero a la vez más desgarradora, por su crueldad. El ser humano más animal que nunca, de ahí la paradoja del dios salvaje. La obra de Yasmina Reza era ya una joya de psicología social, pero el guión codiseñado con Polanski es una locura muy lógica, cada frase, cada párrafo configura una letanía de increíbles y fugaces momentos, que consiguen un film de agilidad no propia de un veterano, por lo que enriquece sus meritos. Polanski sabe entender lo que crea y lo lleva con desparpajo e inteligencia al campo visual, dirigiendo a cuatro actores extraordinarios, que se dejan el cuerpo y el alma para sacar los colmillos y destripar a todo lo que se les venga por delante. Cada uno juega con un rol distinto, pero todos configuran un cuarteto de emociones y excentricidades múltiples que dan el cuerpo al film. Kate Winslet y Jodie Foster nos regalan la parte más dramática del film, con momentos realmente gloriosos, esa escena del vomito es de delirio, y Christoph Waltz y John C. Reilly nos roban las carcajadas por su destreza cómica. Drama y comedia se mezclan en esta ácida, pero sólida historia, a la que solo se le puede achacar la falta de innovación con respecto a la obra original, lo que nos lleva a comparaciones que en nada le favorecen, porque aunque tiene una fuerza increíble, puede llegar a la monotonía de lo cotidiano. Técnicamente no tiene grandes logros, pero se mantiene sólidamente por el ágil y meditado montaje, y la trasparante fotografía, y ese toque sado que dan los breves acordes de Desplat. Esto pule un film sencillo, pero de una fuerza extraordinaria, por la agilidad de su visión y las atronadoras interpretaciones.

Lo mejor: Cuatro actores gigantescos: Winslet, Waltz, Foster y C. Reilly.

Lo peor: La falta de innovación.