miércoles, 1 de febrero de 2012

Crítica: Blackthorn. Sin destino


Blackthorn. Sin destino: 7(***)
Sin duda este 2011 ha sido un año muy variado para el cine español. Debido al abanico tan amplio de géneros que ha abordado, con total riesgo y garantía. Un ejemplo de este caminar diferente en el cine patrio es el nuevo film de Mateo Gil, guionista colaborador habitual de Alejandro Amenábar. Un western, del más puro estilo clásico, que nos rememora las grandes producciones de Eastwood y Sergio Leone. Un grito al pasado, que pide recuperar, el silencio, el suspiro, la elegancia del western más puro, de un género que ha perdido mucho con el paso del tiempo, y solo grandes autores han logrado preservar. Mateo Gil hace un esfuerzo tremendo y laborioso para diseñar esta historia llena de momentos fulminantes y fugaces que penetran sin suspiro en la retina del espectador. Una muestra del más puro clasicismo entre los fuegos del Oeste. En cierta manera este tremendo esfuerzo por recobrar lo bueno del pasado, supone caer en un gran defecto. Defecto en el sentido, de que su creador está tan preocupado por el envoltorio, por adornar al más puro western, que el guión flojea bastante, haciendo que la historia caiga en la simpleza. Miguel Barros crea un guión simple, a veces excesivamente, que te remorara esencias inolvidables, pero que no aporta una gran trama que te atrape y te introduzca sin soltura en la historia. Del mismo modo hay una diferencia abismal entre la compleja configuración del protagonista, y los demás personajes secundarios, que llegan a perderse sin pena ni gloria entre los desiertos y bosques de Bolivia. Dejando de un lado la simpleza, y poca resonancia de una historia intrascendente, pero cargada de un aroma especial, hay que señalar el excelente trabajo técnico que nos hace volar sin parpadear al viejo Oeste. La banda sonora, la ambientación, el sonido, la caracterización, juegan un papel clave y necesario para entender y configurar la historia. Pero encabezando esta sobresaliente factura técnica, está un trabajo de fotografía absolutamente extraordinario, capaz sobrecoger por la fuerza de sus colores, cargados de emociones y de una expresividad que ilumina cada uno de los momentos totalmente meditados de esta biográfica historia. A nivel interpretativo, la corrección excesiva de gran parte del reparto, permite más si cabe, un lucimiento mayor del gran protagonista de este film, el excelente Sam Shepard. Desde el primer al último fotograma, su voz, su mirada, sus supiros y sus pasos te abruman por su valentía, su entereza y su aboluta credibilidad a la hora de construir un personaje tan sencillo, pero a la vez tan complejo. La película está completamente a su servicio, y es una especie de guiño-homenaje a su figura. Una obra clave en la producción nacional, cargada de riesgos, pero carente de nuevas ideas.

Lo mejor: Sam Shepard y la excelente fotografía.

Lo peor: La simpleza argumental del guión.