miércoles, 15 de febrero de 2012

Crítica: Katmandú, un espejo en el cielo


Katmandú, un espejo en el cielo: 5(**)
Hasta Katmandú, en el inestable Nepal, ha viajado la realizadora Icíar Bollaín para contar esta historia, una aventura basada en las memorias reales de la maestra Victoria Subirana, nacida en 1959, la cual se dio cuenta de que su trabajo era mucho más útil en un país sin alfabetizar. Un material que sirve de pieza esencial para construir este complejo proyecto, hecho con arriesgo y casi a contrareloj. Factor importante que ha jugado en su contra por diferentes cuestiones. Para empezar debemos establecer la poca eficacia narrativa de la historia. La esencia de la labor de Laia, la protagonista, supone un ejemplo de superación, de lucha, de emprender un viaje esencial y a veces utópico a la culturización universal, como arma fundamental para combatir las retrogradas miradas de una sociedad anclada por sus más severas tradiciones, pero la forma de contar la historia es un fracaso absoluto, Bollaín abre demasiadas puertas y no cierra ninguna. El film no encuentra salidas, solo entradas que tan solo llevan a la desesperación, la angustia, el odio, haciendo que ese final que supuestamente nos da algo de esperanza resulte forzado e incluso ridículo. La configuración argumental de su estructura es tan amplia que a veces pierde la noción de su realidad, de su diseño contextual e ideal. Se intenta englobar y abarcar demasiado, se quieren atar todos los matices colaterales de la historia, como ese grito contra el fundamentalismo religioso, a veces ridículamente justificado con los flashbacks que nos llevan a la infancia de la protagonista. Pese a tener un mensaje muy bueno, y una documentación precisa, el film resulta repetitivo y cansino, por su forma de contar la historia y de encarar los conflictos. La fugacidad en el proceso de creación también ha supuesto un punto en contra para la acorde maquetación técnica del film, donde podría haber mostrado una faceta notable. El montaje recoge planos irregularmente intercalados y que a veces resultan forzados, y mal combinados, la fotografía llega a quemarse excesivamente, resultando incluso molesta para la vista. El sonido juega de forma excesiva, obviando la calma y la meditación que exigía en cierta manera el relato. En el lado contrario destaca una agradable, pero corta banda sonora, y una ambientación muy bien conseguida, que recoge tanto la muestras culturales de Nepal, como su extrema pobreza. Pero la soberanía y la espina dorsal del film, aquella materia trascendente que impide su caída definitiva, es Verónica Echegui, su interpretación abruma y sorprende al espectador, por esa arrolladora gama de emociones que laten en su alma y su cuerpo. Un esfuerzo realmente estremecedor y merecedor de todos los alagos, que no solo consigue levantar un desigual reparto, donde frente a actores insípidos, resurgen otros realmente carismáticos, y que consiguen provocarte un nudo en la garganta, como Sumyata Battarai, sino también elevar toda la carga dramática de la película. Hacer incapié en la horrible presencia del doblaje que tanto perjudica la distribución de películas y su entendimiento en España. Pero especialmente en en este film, de una gran riqueza lingüística, que utiliza el doblaje de forma innecesaria y molesta. Un film que prometía un torrente artístico y visual de emociones, pero que debido a su inequívoca construcción y desarrollo ha caído en picado hacia el cajón del olvido, y más para una directora como Icíar Bollaín, que crea su obra más floja.

Lo mejor: La abrumadora Verónica Echegui.

Lo peor: Su construcción argumental.