jueves, 9 de febrero de 2017

Crítica: La memoria del agua

"Pocos directores manejan la dialéctica sobre las emociones y/o los sentimientos humanos como lo hace el realizador Matías Bize. Su capacidad para construir personajes y dotarlos de vida, y que estos se conviertan en un preciso análisis de lo que somos y queremos ser, es admirable. Su vuelta se adentra en un camino sugerente, pero entregado a ciertas posibilidades excesivas. Hablamos de los rumbos de eso que idealizamos como amor de pareja ante las adversidades más confusas y dolorosas de la vida. La pérdida humana se antoja como un giro que puede plantear numerosas dialécticas acerca de nuestra forma de vivir la vida. Bize aprovecha este punto de partida (ya construido en la historia) y pone en marcha la deconstrucción de sus dos ejes principales. La síntesis del dolor se antoja tan excesiva que a veces se requiere de un respiro. Bize, por desgracia, opta por una vía nada beneficiosa, pues en vez de definir la psicología de esta pareja indicidiendo poco a poco en sus dos principales gestores, decide recrearse en el sufrimiento que padecen, reincidiendo en el mismo punto una y otra vez, hasta el extremo que la propuesta llega a distanciar al espectador de los personajes, y hacer sentir que ese dolor no es su dolor. Es una lástima que un punto de partida tan interesante haya derivado en el simplismo de querer cargar el dolor de más dolor, y más cuando la propuesta presenta un sólido planteamiento audiovisual (la hipnótica mirada de su director), favorecido por una notable fotografía. Mención a parte merece la extraordinaria entrega de sus dos actores protagonistas. Benjamín Vicuña y Elena Anaya brillan y contagian sus emociones en una película desigual, que por miedo a vertebrar caminos más sólidos acaba derivando hacia ese prescindible terreno de la indiferencia."
Lo mejor: La inmensidad de Elena Anaya y Benjamín Vicuña.


Lo peor: La recreación constante en el dolor de sus protagonistas.



NOTA: 6(***)