domingo, 15 de marzo de 2015

Crítica: El francotirador

"Nada es verdad ni es mentira, todo depende del cristal con que se mira." Aludir a esta cita del gran dramaturgo británico William Shakespeare resulta interesante para sintetizar el análisis valorativo de una de las dos partes que se antojan como ejes vertebradores de una propuesta tan arriesgada como interesante. La nueva incursión cinematográfica de ese ya excesivamente endiosado icono del Séptimo Arte se presta a ser dividida analíticamente en dos vertientes. Por un lado, contemplamos un discurso ideológico que planea de forma más ambigua de lo que inicialmente se presenta, y por otro, asistimos a una película muy arraigada a los patrones convencionales del género bélico. La palabra shakesperiana se advierte valorativa en la primera vertiente de análisis. Hablamos de ese discurso político-ideológico que se apostilla a una dirección muy clara, provocándonos un ejercicio de antipatía a lo largo del metraje, pero que en su vertiente final, debido a pequeños matices, tales como esa resolución radical (hablamos del tratamiento dado, no del desarrollo de la historia real como tal), la no redención de su protagonista…nos advierten de que el mensaje no está tan claro, y lo que puede contemplarse como un discurso político de vocación directa, acaba convirtiéndose en un paradigma sociológico de la posmodernidad. Cómo entroncar la verdad ante la pluralidad de la sociedad que nos envuelve. Asistir a la recepción que esta película provocaría en los diversos enclaves planetarios nos resultaría muy interesante para darnos cuenta de cómo un ejercicio cinematográfico aparentemente tan marcado, puede despertar diversas valoraciones morales dependiendo de los condicionamientos culturales o ideológicos de la persona, el lugar y el momento. En ese aspecto la película merece ser alabada, porque de un modo no sabemos si intencionado o involuntario (Conocemos bien el posicionamiento ideológico de Eastwood) consigue construir un manifiesto sociocultural  sobre la pluralidad moral que dibuja el patrón normativo del paradigma posmoderno. Por otro lado, acudiendo a los logros cinematográficos de la película, contemplamos un producto cinematográfico muy conservador y ciertamente insípido. Todo comienza por un guion bastante desastroso, que dibuja los personajes de una forma muy maniquea, y que quiebra la armonía del conjunto, definiendo un panorama bélico interesante frente a un ejercicio de introspección personal muy insuficiente. El tratamiento de la vida personal de Chris Kyle (sólidamente interpretado por Bradley Cooper) en relación con su mujer, no sólo nos presenta un personaje que en el fondo está excesivamente desdibujado, sino también jugamos al juego de la mujer florero, y de los diálogos risibles y soporíferos que tanto mal cine acompañan. Partiendo de esa base quebrada, Eastwood pierde su ingenio pasado en un conjunto de secuencias construidas bajo el calificativo de la excesiva corrección. La postura visual de la película se presenta tan de manual, tan académica, que resulta anodina e inerte. Bien le hubiese venido revisar a Eastwood los dos últimos filmes de Kathryn Bigelow, para construir un discurso audiovisual rompedor y que se perpetúe en la retina del espectador en ese campo de fácil acomodamiento que es lo bélico. Su anquilosado conservadurismo a la hora de compendiar una muestra cinematográfica singular muy lejos queda de sus grandes obras maestras. Para salvarle de la total insuficiencia, su equipo técnico ofrece un trabajo admirable, en especial un logrado montaje y un ejercicio sonoro extraordinario que te desplaza con virtuosismo a la cruenta realidad del campo de batalla. La efectividad de estos elementos del discurso se advierte como el pilar sostenedor de una muestra obvia de la decadencia de un gran realizador. Una película desequilibrada, con un gran interés sociológico, cultural…pero que cinematográficamente resulta prescindible. Quizás Eastwood, cansado de su hacer, busca otras vías de discurso social, alejándose de su verdadera labor en la vida, o simplemente puede que la incontenible epopeya de nuestros días requiera de cierta reflexión marchitada por el devenir involutivo de lo próximo. Fuera como fuese la indiferencia se antoja como el camino más innecesario dentro del paradigma posmoderno que nos acontece, y construir arte que no es Arte de definida postura militante se antoja como casi una necesidad presente, aunque personalmente me aleje a divagar sobre esta decisión no del todo acertada para una sociedad que baja llorando, pero no sube riendo."
 
Lo mejor: Su ambigüedad reflexiva y su tapiz sonoro.


Lo peor: Su incapacidad cinematográfica.


NOTA: 4,5(**)